En los arrecifes poco profundos de Japón, Indonesia y Filipinas vive una de las criaturas más fotogénicas del océano: Costasiella kuroshimae, conocida popularmente como leaf sheep (“oveja de hoja”) por su parecido con una diminuta oveja cubierta de hojitas verdes. Mide entre 5 y 10 milímetros —apenas el tamaño de una lenteja— y sus dos puntos negros, que parecen ojos tiernos, en realidad están rodeados por sus verdaderos órganos sensoriales: un par de rinofóros que usa para percibir su entorno, muy parecidos a las orejas de una oveja de verdad.
El truco que le robó a las plantas
Lo que hace realmente especial al leaf sheep no es su apariencia, sino algo que ocurre a nivel celular. Cuando se alimenta de cierta algas verdes (del género Avrainvillea), no las digiere por completo: conserva intactos los cloroplastos, las estructuras microscópicas que las plantas usan para hacer fotosíntesis, y los incorpora a su propio cuerpo. Ahí es donde ocurre la magia —y le da su color verde brillante y su forma de hojas apiladas, llamadas cerata.
Este proceso se llama cleptoplastia (literalmente, “robo de cloroplastos”), y es la razón por la que a estas babosas se les describe como animales que “hacen fotosíntesis”.
¿De verdad hace fotosíntesis?
Sí y no. Los cloroplastos robados siguen funcionando durante un tiempo dentro del cuerpo de la babosa, capturando luz y produciendo nutrientes —pero no de forma permanente ni indefinida, como en una planta. Con el tiempo dejan de funcionar y el leaf sheep necesita volver a alimentarse de algas para “recargar” su reserva de cloroplastos. Aun así, mientras dura, esa energía extra le sirve como una especie de despensa de emergencia: le permite sobrevivir períodos más largos sin comida.
Vale la pena una precisión: aunque suele repetirse que es “el único animal del mundo” capaz de esto, en realidad la cleptoplastia se ha documentado en varias especies del mismo grupo, los babosas marinas Sacoglossa —la más famosa de todas, Elysia chlorotica, puede mantener cloroplastos activos incluso por meses. Lo que sí es cierto es que este grupo de babosas es, hasta donde se sabe, el único linaje animal capaz de hacerlo.
Un diseño que la naturaleza no volvió a repetir
Encontrar un mecanismo así en el reino animal es poco común: los animales obtienen energía comiendo, no captando luz solar. Que un grupo de babosas haya evolucionado la capacidad de “tomar prestada” la maquinaria fotosintética de otro organismo y hacerla funcionar dentro de sus propias células sigue siendo, décadas después de descubierto, uno de los ejemplos más llamativos de lo creativa que puede ser la evolución cuando se trata de resolver el problema de conseguir energía.
Así que la próxima vez que veas una foto de esta pequeña “oveja” verde flotando entre las algas, ya sabes: no solo es adorable, es también una de las pocas criaturas del planeta que literalmente lleva un pedacito de planta funcionando dentro de sí misma.



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